Lo que la ciudad escribe en tu piel
Entre el humo, las pantallas y las prisas, la piel urbana pide algo más que una crema.
Vivimos rodeados de aire que no siempre es aire. La contaminación no solo ensucia el cielo: también se posa sobre la piel. Invisible, persistente y muchas veces subestimada, la polución urbana altera silenciosamente la salud cutánea. Lo notamos cuando la piel pierde brillo, se sensibiliza sin causa aparente o parece “responder mal a todo”. Pero pocas veces pensamos que detrás de esa reacción hay algo más que estrés o cansancio: hay un entorno hostil que deja su huella día tras día.
Las partículas contaminantes, esas siglas que aparecen en los informes de calidad del aire, PM2.5 o PM10, no se quedan flotando; se adhieren, penetran y oxidan. Hoy en día además se pueden consultar a golpe de clic en nuestros teléfonos móviles.

Los metales pesados, el ozono o los compuestos volátiles desequilibran el pH, alteran la microbiota y dañan las estructuras celulares. El resultado es una piel más apagada, más frágil y con tendencia al envejecimiento prematuro. Y cuanto más urbanita es el entorno, mayor es el impacto.
Paradójicamente, en un momento en que se habla tanto de rutinas de belleza, la limpieza facial sigue tratándose como un paso secundario. “Me limpio con cualquier cosa, pero siempre me pongo una buena crema”, escucho con frecuencia. Pero una piel que no se limpia bien es como un suelo que se quiere encerar sin barrer antes: nada se fija, nada penetra, nada funciona.
La limpieza es el primer gesto antienvejecimiento, aunque rara vez se la mencione así. No basta con un agua micelar o con una toallita que apenas revuelve la suciedad. Tampoco vale cualquier gel “que limpia muchísimo”, porque en la piel, a diferencia de los platos, no sirve el Fairy. Lo que necesitamos es eliminar residuos sin arrasar con la barrera protectora. Ahí está la clave: limpiar bien, pero sin agredir.
También conviene desmitificar algunas cuestiones sobre este tema. La doble limpieza, por ejemplo, no es obligatoria para todo el mundo, aunque se escuche que sí lo es o que a Fulanita le cambió la piel y Menganita es otra desde que lo descubrió. Cada piel es un mundo. Está claro que es útil si usamos maquillaje resistente, protectores solares densos o vivimos en ciudades muy contaminadas, pero no debería convertirse en un dogma. Cada piel tiene su ritmo, y la limpieza excesiva puede ser tan perjudicial como la ausencia de ella.
Otro error habitual es pensar que, si no nos maquillamos, no hace falta limpiar. Y sí, hace falta: la piel acumula sudor, sebo, células muertas y contaminación. Lo mismo ocurre con los productos agresivos: jabones alcalinos, cepillos abrasivos o rutinas copiadas de Internet. Muchas de las alteraciones cutáneas que veo en consulta no vienen de una crema que “no funciona”, sino de un limpiador mal elegido.

Cuidar la piel urbana requiere una estrategia en la que la higiene adecuada y los antioxidantes no pueden faltar. La limpieza retira lo que contamina; los antioxidantes como la vitamina C, la niacinamida o los polifenoles neutralizan lo que ya ha penetrado. También tiene un papel importante el protector solar, ya que actúa frente a la sinergia entre la radiación ultravioleta y la polución. Pero además, hay que fortalecer la piel desde dentro: buena hidratación, alimentación equilibrada y hábitos que no boicoteen el proceso.
La piel no se cuida solo con cremas. Las cremas son la consecuencia de un gesto anterior: el de prepararla. En tiempos en los que se viralizan recetas exprés y rutinas universales, conviene recordar que la piel no entiende de modas, sino de coherencia.
Y en esa coherencia está el verdadero cuidado: limpiar sin dañar, proteger sin obsesionarse y entender que, igual que el aire que respiramos, la piel también necesita espacio limpio para poder funcionar.
(Artículo de María Estela de Abajo Sanz para LNE el 15 de noviembre de 2025)



